Javier se funde con su música ignorando a los transeúntes que se colocan a su alrededor y el frío que engarrota sus dedos. Se encuentra centrado en crear
notas que el viento llevará consigo hasta que callen. Nadie sabe quién es, que ha vivido, que siente. Sólo comparten con él un sentimiento de bienestar absoluto que les ayuda por unos minutos a pararse a pensar o a contemplar su alrededor, antes inapreciado. Toman de él la energía que irradia su violonchelo al liberar las notas escondidas en su sentir.Javier no es más que uno de los miles de portadores de sentimientos, que se entregan a todo aquel que quiera pagar el tributo de unos minutos de silencio. Personas como él enriquecen nuestras calles ruidosas, metros, estaciones…pintándolos de colores vivos que generan pellizcos que alteran la respiración de aquel que consigue verlos.
Son pequeños ángeles que el cielo manda, que pagaron con sus alas y sus recuerdos el intentar cambiar el mundo materialista que hemos creado en paralelo al mundo de los valores y sentimientos que ya pocos habitan.
EL ARTE VIVE EN LOS MUSEOS, MIENTRAS LOS ARTISTAS MUEREN EN LA CALLE

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